Cuentos y leyendas

El PRIMERO DE NOVIEMBRE EN CERRO NEGRO

Después de oír la misa toda la gente se prepara para la fiesta del día, por que el 1 de noviembre esta consagrado en Cerro Negro como un día de fiesta.
Al cementerio que dista a más de una legua del poblado, se va por lo general en carreta. Docenas de carretas, dispuestas para el caso, llevan a sus pasajeros hasta el lugar indicado. Y allí sobre todo el terreno, incluyendo las tumbas, se come, se bebe, se baila. Chistes, gritos, indicaciones de diversas cruzan el aire. Hay música de guitarras. En ellas se tamborea, se anima la fiesta, que de todo tiene menos de recordación. Y en tanto quienes riegan con vino algunos sitios que señalan determinadas tumbas en tierra, contribuyen con ello a darle cierto carácter de paganismo a la reunión, que termina, así, en una remolienda animada y colectiva.

ELOGIO DEL RÍO GRANDE

Lejos de este río quedo, por el norte, la afluencia afuerina, aquella que no pudo pasar del Maule al sur, y el largo concierto pluvial del austro, tampoco llegó por esas riveras y estos suelos.
El vigoroso y claro corazón de Chile esta en él, limpio, firme, permanente cantor de canciones andinas y de romances de soledad. El campo le ofrece su poncho de efectos y afectos autóctonos, y el aire, contra su corriente, una guitarra primitiva y sonora, con música que alimentan los profundos olores de los bosques y sembrados, las viñas y los huertos gozosos.
A su mano de poderoso capitán, bajan cien raudales o cien ríos subordinados y ligeros. Todos traen una condición distinta bajo un mismo tono de Chilenidad. Y aunque mas arriba se haya rendido el renegado con su soberbia belleza, tomada en la roca viva de la montaña, y aquí abajo el estero de Coyanco entregue su rostro de oro, y los rosales silvestres del Quillón sigan enviando sus mensaje azules, y el Ñuble recuerde todavía el entusiasmo guerrero de Cucha-Cucha y sus pinos marciales, que el Diguillin se ponga su traje dominguero todos los días, y modestamente entregue el Cato sus diezmos de alegría infantil, el gran río tiene una sola palabra y una sola condición activa: el alma de Chile vibra en él, asoma a él, y sale de él, rotunda de luz y de fuerza, de emoción y de fe, de tradición y de inquietud, de leyenda y de historia.
Si los dioses Andinos bautizaron cada manantial en uno de los amaneceres del mundo, si Pillan alimento las fraguas volcánicas, y en compensación dejo correr el agua para que las piedras conocieran el amor, el Rió Grande de aquí abajo, se acerca mas a los hombres, a las cosas de los hombres, y a la esperanza de los hombres.
En la orillas del Itata formo Lautaro sus legiones, menospreciando el augurio de la machi que hacia el norte miraba el otro río y un tapiz de sangre. Se estremecían sus aguas cuando la caballería de los temibles Pincheira hacían sonar sus cascos en las piedras del fondo, y más tarde, la picardía violenta de Ciriaco Contreras, continuaba la tradición de los bandidos criollos, en un tono, eso si, de humanidad en muchas ocasiones cuando había saciado su sed en el Río Grande, y don Bernardo dijo junto al Itata algunas de sus mas bellas palabras de lealtad y de fe. Miro el Itata pasar las huestes heroicas del Roble, el Quilo, Membrillar, y conoció la inquietud profunda de la patria vieja, el sollozo de Chile y la euforia, más tarde, del aura que traía el mensaje supremo de la libertad.
Ahora vigoroso capitán del trabajo, para no olvidar sus ímpetus juveniles, en el invierno pone bandera de combate en sus legiones, y avanza por sus caminos terribles, con sus cornetas y sus estoques, para buscar sin fatiga contra los toros bravíos del viento y del mar.
Los hombres respetan sus pasiones. Y el río devuelve, mas tarde, la canción perdida y el sello de una serenidad vivificante y gloriosa.
En el corazón de Chile es la vena que enciende una gracia definida y autentica y un ritmo triunfador y vital.

EN LIUCURA

En Liucura, entre Cerro Negro y General Cruz, en un caminito que salía desde el canal de Quillon, había una piedra roja. Nadie reparaba en ella. Pero una noche unos trabajadores que se quedaron a dormir allí cerca, vieron una luz que parpadeaba junto a la piedra. Muy de madrugada se acercaron y cavaron debajo.
Encontraron un lindo servicio de plata fina, pura plata, bien pesada y muy bien trabajada. Yo la vi. Lo tuve en mis manos. ¡Y pensar que había pasado tantísimas veces por encima!
(Relación de Iván de los Ríos, Santa Clara)

EN QUILLÓN

En el camino de alto, yendo para cerro negro, anda el diablo, suelto y desenvuelto.
La vuelta que hoy ya no se utiliza, es bajada a un tiempo, y tiene ambos lados levantados. El camino, al medio, por eso sirve como cauce a los vientos que suben del valle, vientos cuya corriente no tiene fuerza mas allá de las riberas del camino. En ese rincón andaba el diablo – y debe andar todavía – cuando algún jinete llegaba al alto, veía en el atardecer o en la noche, un personaje negro o una luz que corría y se escondía en la gran piedra donde muy cerca, hay un crisol indígena (Incaico) con su secreto de siglos.
El personaje vestido de negro nunca dio el rostro a quienes lo vieron.
Y de repente saltaba al anca del caballo, que se estremecía de miedo pero seguía caminando.
De atrás el extraño personaje, que era el diablo, tiraba la manta al jinete. Durante toda la bajada las manos satánicas pretendían, así, desmontar al que pasaba.
Soplaba el viento, las haldas de la manta flotaban hacia atrás con cierta violencia, por que el aire en movimiento así lo ordenaba.
Pero no. Era el diablo que se divertía con el susto terrible de los viajeros.
Allí algo debe haber. Se cambio la ruta. Se dejo afuera la vuelta, esa vuelta, y nunca mas por el camino de ahora, que no tiene obstáculos a los lados, ha habido encuentros con el personaje negro que ya paso a la leyenda y al recuerdo.

Un Navarrete – los Navarrete y los Merino forman mayoría en Quillon- estaba una linda noche de Enero en el patio de su casa, de la calle dieciocho. Ningún ruido en la noche. Ni siquiera una brisa, la charla familiar decaía cuando el violento correr de un caballo, puso a todos en alerta. Nadie lo había oído antes. Fue algo repentino. Se detuvo frente a la casa de nuestro amigo que nos cuenta el caso. Se oyó el ruido de un cuerpo cayendo al suelo, y se sucedieron unos quejidos espantosos y angustiosos. Todos los perros del pueblo se pusieron a aullar.
Entonces el dueño de casa salio a ver lo que pasaba. Nada había, ni caballo, ni persona alguna, ni bultos, ni huellas de ninguna clase.
De pronto dos silbidos extrahumanos, dos silbidos agudos, estridentes, terribles en una significación intraducible, dos largos silbidos cruzaron el ambiente.
Y el miedo que sobrevino a tanta cosa llena de misterio, dio a entender claramente, que era el diablo el que allí actuaba. La noche clara, linda, sin ninguna nota objetiva que empañara su diafanidad, tenia que ser rota así, únicamente por el malulo.

Maria Vergara vive más abajo que el amigo Navarrete. Una noche oyó el rodar de un coche que iba por la calle. La misma calle del otro caso. La noche era negra, negrísima. Maria y sus acompañantes oyeron un silbido largo y extraño, que no podría salir de los labios humanos. Tal era la sensación que producía.
A continuación oyeron como seguía rodando el coche. Y salieron a aguaitar lo que pasaba. Nada. La noche profunda, sin estrellas, pero con un lamento de perros en todo el vecindario. Un lamento, también lleno de notas extrañas.
Se oyó el trote de los caballos, al pasar el coche frente a la casa, los cascos de los pingos sacaron lucecitas de a unas piedras. Pero nada se vio.
Y no era que la noche estaba oscura. A la luz temblorosa de los candiles ninguna cosa se dibujó en la calle, sonaban los arneses y piafaban los caballos invisibles.
El diablo tenía que ser, entonces, el cochero, o el que viajaba en el coche.

El señor Pedro Ríos, dueño de un prospero almacén de abarrotes, confiesa que se tropezó dos veces, a altas horas de la noche con el diablo.
Llevaba este la forma de un perro negro, muy alto, tan alto que más “parecía un ternero”.
Ya en ocasiones anteriores le habían encontrado otros vecinos. Y ante la mirada del perro negro, de gran tamaño y que caminaba silenciosamente, se habían llenado de pánico. Ese terror que no deja hablar ni actuar. El perro había pasado y clavado sus ojos, que brillaban como fuego, en cada individuo, que juro, cada uno, en su interior, no volver a salir de noche por las oscuras calles del pueblo, por linda que fuera la fiesta pasada y grata la invitación.
Pero desapareció la diabólica figura. ¿Qué se hizo? No se la encontró más por nocheriegos y caminantes.
Lo curioso es que todo esto coincidió con el hecho, en cierto modo doloroso y, más que otra cosa, necio, que fuera envenenado el perro guardián de una quinta situada en el centro del pueblo. Perro que salía en las noches a vagar alegremente, como un juerguista cualquiera, y que era negro y grandote como un ternero.

ERA UNA CANCHA DE CHUECA

Todo lo que hoy ocupa la Laguna Turbia, en el valle de Queime, en otros tiempos, en tiempos de los indios, era una cancha para jugar a la chueca.
Medio a medio del terreno estaba el hoyo donde metían la bola de madera para iniciar el juego. Y allí mismo un indio mato a un competidor en el juego que iba empezar una tarde. Lo mato “a la Mala”, de un chuecazo en la cabeza que le abrió el cráneo e hizo saltar la sangre a cierta distancia.
El agredido no alcanzo ni a quejarse.
El agresor realizo su acto por un rencor personal. Ni siquiera espero que en el afán de la competencia se disimulara en parte su violencia.
Los dos grandes grupos de indios que habían asistido esa tarde al juego, allí mismo iniciaron un machitun, mientras junto al cadáver lloraban sus parientes, y otros indios corrían alrededor de a caballo, para ahuyentar los malos espíritus que quisieran apoderarse del anima suelta ya del cuerpo asesinado.
El machitun fue largo y movido.
Y tanto ruido se hizo llevado y traído por la boca sonora de la cueva del Queime sobre el valle, que se puso a llover largamente.
Lloraba el cielo por el muerto. Y el agua cayó, cayó sin parar durante varios días. Tantos, que allí se formo aquella laguna turbia, que es más un charco grande que laguna, ya que tiene fondo pantanoso y muy poca profundidad.
A veces sobre la laguna se siente música. Una música extraña y persistente, cuyo origen no se conoce. Otras veces sale un potrillo negro que solo se ha visto de lejos, por que se echa al agua cuando alguien quiere acercársele. Todo esto pasa por que allí se mato a un hombre “a la mala”
(Versión de José Soto Soto, Quillón).

LA LAGUNA DEL TORO

Inmediato a la segunda cima mas alta del cordón del Cerro Cayumanque, en Coyanco, esta la laguna del toro.
Un toro de cachos de oro se ha visto allí justo en la tarde, al caer el sol, que pone un perfil dorado en los árboles y las cosas del paisaje.
En una pequeña depresión del terreno, en la que se formo este ojo de agua o laguna de pocos metros de largo y escasa superficie. Esta escondida entre matorrales y árboles diversos, en tal forma que se la encuentra solo llegando a sus mismas orillas.
Debe ser formada por vertientes que nacen en el mismo cerro, y que al no encontrar una salida fácil, formaron esta laguna.
Su ubicación – altura, visión – permite que la imaginación popular forje, entre otras, la leyenda del toro que la cuida.
Quien ha visto el toro debe tener por seguro que la muerte ronda en torno suyo.

LA LAGUNA TURBIA

El matrimonio propietario de aquellas tierras – en la época de la colonia – vivía junto a la laguna del Queime.
Allí se había formado el triangulo amoroso de todos los tiempos. Ella era joven, muy joven en relación con el marido. Había por lo menos 20 años de diferencia. La juventud de la mujer y su temperamento pasional, hallo refugio amatorio en los brazos del mocetón que hacia las veces de mayordomo del fundo.
El marido todos los días, en la tarde, dormía una siesta larga y placida.
Y entre la adultera y su amante se llego al acuerdo de dar una solución definida y definitiva a su caso.
Una tarde el hombre fue despertado bruscamente de su siesta. Un cordel le apretaba el cuello. Fue izado así, desde la viga desnuda del entretecho. El mozo ahorcaba a su patrón, mientras la mujer se tapaba el rostro, amedrentada por la mirada que le daba el hombre, mientras se le asesinaba de esa forma.
Aquella mirada lo había dicho todo.
Pesaba en la conciencia de la mujer. Y la angustia le hacia doler el cuerpo y el animo cuando llego a darse cuenta que venia un hijo, anunciándose. Un hijo de su amante.
Cuando algunos vecinos llegaron a la casa, llamados por el mozo como enviado de su señora, se encontraron con el horroroso cuadro del hombre ahorcado, muerto en un gesto desesperado, trágico, burlón a un tiempo, con la lengua afuera y los ojos desorbitados. Aquellos ojos que no podían cerrarse.
Fue enterrado el hombre. Un sacerdote dijo una misa, echo agua bendita sobre su ataúd, dijo unos latines que nadie entendió, y en español muy claro y alto, pidió a dios el castigo de aquel crimen, mientras la mujer rodaba desmayada.
Vino la sospecha.
La murmuración de la zona sobre la viuda.
Y fue subiendo la murmuración
Detalles del diario vivir fueron recordados por los vecinos curiosos. Comparados y analizados muchos incidentes que no pasaban inadvertidos para la gente lugareña, se llego a la conclusión que allí no podían haber otros asesinos que los de la casa.
La justicia entro a investigar.
Y no hubo necesidad de llegar a extremos para que la verdad fluyera a la luz. La mujer estaba en un lamentable estado de postración espiritual y corporal. No podía olvidar los ojos del muerto, los terribles ojos acusadores. Confeso, llorando su culpa, acuso a su amante y pidió perdón a todos los jueces humanos y divinos que la escuchaban.
El hombre se mantuvo en una terca posición. No quiso hablar, ni ante la amenaza del tormento. Y no pudo, por lo mismo, descargar una sola de las acusaciones.
Los culpables fueron condenados a ser arrastrados, primero, amarrados cada uno a un cuero, por dos mulas en las calles de Concepción, ciudad de pocos años de existencia, relativamente, en la cual se comentaba vivamente el suceso de Queime.
El estar embarazada fue un agravante para la pobre mujer. Aquella vida que se gestaba no debía vivir por ser fruto del adulterio.
Luego los amantes fueron llevados al propio lugar del crimen.
Los pésimos caminos y la distancia fueron salvados en varios días de viaje. Lluvias y temporales parece que se habían puesto de acuerdo para hostilizar a los viajeros.
Al llegar, la justicia procedió de inmediato.
Los dos culpables que habían hecho el viaje a pie, como un castigo previo, ya no tenían ánimo para sostenerse. Flacos, enfermos, delirantes, hambrientos, eran la imagen del sufrimiento y la miseria. La mujer no tenia, siquiera fuerzas para llorar. Se dejaron atar uno contra otro. Luego fueron envueltos en un cuero grande, de vacuno, que se cosió firmemente. Un gallo y una culebra les acompañaban. Fue cerrado el envoltorio, y con cierto esfuerzo de negros esclavos, echado a la laguna, cuyas aguas se enturbiaron para siempre.
El nombre de la laguna es por eso, turbia.
(Versión de Patricio Navarrete, Quillón)

LA PRINCESA DEL LAGO

La princesa que habitaba junto a la piedra de las brisas, en el islote de la Laguna Avendaño, en Quillon, ha sido vista muchas veces peinándose con peine de oro. Sus cabellos rubios como el oro nuevo, flotan al viento, el que transporta la modulación de algo que ella canta, pero que nadie ha podido percibir claramente, ni traducir.
En la víspera de San Juan ella se reúne con veinte donceles que existen prisioneros y encantados en el fondo de la laguna. Les invita a cenar. La mesa del festín esta a la entrada del brazo bravo, y es una piedra que hay cerca de la superficie en forma de hongo, o sea, un a mesa con una sola pata central.
Veinte adoradores son los donceles invitados. Ella coquetea con todos. Hay brindis y elogios, dulces palabras, promesas, bellos gestos y actitudes.
Faltando poco para la medianoche ella se levanta. Y la siguen los veinte mozos. Hay un breve paseo por la orilla de la laguna, y luego ella va a dejar a cada uno, y se despide sonriendo. Mirando a los ojos de cada galán, que allí queda en éxtasis. Y por un año mas espera el retorno de ella.
El último es el favorito. En alguna parte empiezan a sonar las campanadas de medianoche. Y ella empieza a besarle. Con el último toque el último príncipe queda solo, a su vez.
Y ella sube a peinarse y a cantar a las estrellas su pena de amor, que la brisa lleva como un mensaje que se pierde en la música del río cercano.
(Versión de Guillermo Cañón, Quillón) 

LOS ENTIERROS EN EL CAYUMANQUE

En la mitad de la falda sur del cerro Cayumanque vive José del Carmen Núñez. Hace 25 años es el inquilino de la propiedad de don Patricio Navarrete.
Cerca de su casa hay una piedra solitaria y grandota, en medio de la chacra que le da sus alimentos a José del Carmen.
Allí una noche en que la oscuridad jugo un papel de encubridora, y el ruido del viento fue cómplice, manos desconocidas y esforzadas sacaron un entierro habido bajo la piedra.
El hoyo dejado era grande.
El tesoro tuvo que ser de monedas de plata.
La tradición indica que aquellos que descubren o se llevan un entierro, deben dejar en el mismo sitio, y a la vista, una muestra del tesoro encontrado.
Carmelo encontró una moneda de plata. Era como los pesos de muy antes, o como un tejo, lo guardó por muchos años como curiosidad. Y termino por perderla. No sabe como. Pero la verdad era que mucha gente sabía donde guardaba la moneda.
Mas allá, en la cima de otra altura, junto a la cual pasa el camino, fue sacado otro entierro.
Lo curioso es que entre ambos sitios, marcando las direcciones indistintamente, hay crisoles incaicos, inmutables pero significativos.

SAN JUAN EN CERRO NEGRO

San Juan se celebra en Cerro Negro con tanto entusiasmo como si fuera año nuevo.
En todas las casas se efectúan practicas de sortilegio: en la noche de San Juan se tiran tres papas debajo de la cama, se esperan las doce de la noche para sacarlas. Quien saca aquella papa totalmente pelada tendrá mala suerte: la papa a medio pelar, indica regular fortuna; la papa sin mondar dará suerte a su poseedor. Se hace la prueba del espejo y la del lavatorio con agua, donde se reflejaran cosas bellas o nefastas, que esperan quienes buscan saber algo de los misterios del porvenir.
Mucha gente cree y espera ver florecer la higuera, debajo de la cual rondan visiones terroríficas, mientras se acerca la medianoche. Y todos, o casi todos, los habitantes de Cerro Negro beben a esta hora la infusión que se ha preparado de tres cogollos de hinojos, que dará fuerza y vigor a quienes la beban esa noche.
Al día siguiente se hacen juegos de destreza como aquel de matar el gallo. Hubo un San Juan que perdió la cabeza. La tradición indica aquí el meter un gallo en tierra, dejándole sólo la cabeza afuera. Los competidores de a caballo deben pasar al galope y con una varilla cortarle la cabeza al gallo, o arrancársela con la mano.
El premio para el vencedor de tal destreza es comerse el ave asada, muy ahogada en buenos tragos de vino tinto.
(Versiones de Iván de los Ríos, Calle Larga, Santa Clara)

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